Por: Julio de Jesús Ramos García
Durante décadas, hablar del sur de México en particular de Chiapas, Oaxaca y Veracruz ha sido sinónimo de desigualdad, pobreza estructural y rezago institucional. Sin embargo, en los últimos años, algo está cambiando. Las telecomunicaciones y los servicios financieros, impulsados por la digitalización y una mayor presencia del Estado, están empezando a cerrar la histórica brecha entre el norte industrializado y el sur rural.
Hoy apreciables lectores, en pueblos que hace una década no tenían acceso a señal telefónica, ya se escuchan tonos de llamada de smartphones. La llegada de torres 4G (y en algunas zonas, incluso 5G), junto con programas de conectividad del gobierno y alianzas público-privadas, están llevando internet a comunidades que por generaciones vivieron aisladas. La conectividad no es solo una cuestión tecnológica: es una palanca de desarrollo. Gracias al acceso a redes móviles, los jóvenes oaxaqueños pueden vender productos artesanales en línea, agricultores chiapanecos pueden consultar precios de mercado en tiempo real, y emprendedores veracruzanos pueden recibir pagos sin necesidad de una terminal bancaria física.
El otro gran motor ha sido la inclusión financiera. El avance de las fintech y las billeteras digitales está haciendo lo que la banca tradicional no logró en décadas: llegar a las comunidades más remotas. Empresas como Mercado Pago, Diri o Banco Azteca, combinadas con el crecimiento de programas sociales digitalizados (como el uso de tarjetas del Bienestar), están insertando a millones en el circuito económico formal.
Pero este progreso no está exento de riesgos ni contradicciones. Si bien más personas tienen acceso a crédito, también hay una creciente preocupación por el sobreendeudamiento, el fraude digital y la falta de educación financiera. La inclusión sin acompañamiento puede convertirse en una trampa. Además, muchas zonas aún carecen de infraestructura eléctrica confiable o sufren de cortes frecuentes, lo que limita el uso sostenido de estas tecnologías.
Otro reto es político: la conectividad está llegando, pero no necesariamente acompañada de transparencia o buen gobierno. En algunos municipios, los fondos destinados a infraestructura digital se pierden en la opacidad, mientras que las empresas aprovechan vacíos regulatorios para operar sin rendición de cuentas.
Aun así, el cambio ya está en marcha. Chiapas, Oaxaca y Veracruz ya no son solo territorios olvidados por la modernidad. Hoy, son campos de prueba de cómo la tecnología puede transformar realidades sociales profundamente arraigadas. Si se acompaña con visión, capacitación y reglas claras, el sur puede dejar de ser el eslabón débil de México para convertirse en un laboratorio de innovación y equidad.
El futuro no está en el norte ni en Silicon Valley: también puede germinar desde un cafetal en la sierra, una red de fibra óptica en la selva o una app financiera en el celular de una madre jefa de familia en Veracruz.
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